
En la mañana nos fuimos a dejar al colegio a Juan Pablo.
Luego, Fabricio, Paola y yo enfilamos hacia el norte de Quito. En el camino, almorzamos fritada, en el restaurante “Fritadas de Amazonas”. El plato está compuesto por carne de cerdo frita con mote (muy grande al lado del chileno), maíz tostado, papas con cuero al natural, llapingachos (tortillas de papas) y habas. La bebida que tomé fue la Fioravanti, ecuatoriana. Rica. Después, nos encontramos con el lago San Pablo.

Llegamos a Otavalo, un lugar ubicado 90 kilómetros al norte de Quito. Se trata de un poblado donde viven los indígenas más conocidos de Ecuador. Su artesanía es vendida en todo el mundo, y tanta ha sido la exportación de su trabajo, que muchos de ellos tienen una situación económica que contrasta, fuertemente, con la pobreza de antaño. El mercado se ubica en la plaza del pueblo.
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Los precios son regalados al lado de lo que se puede ver en los centros comerciales urbanos, donde, “de ley”, se encuentran sus trabajos, pero bastante más caros. Aproveché de comprar recuerdos, no sin antes regatear cada centavo – como se suele hacer allí – y luego nos fuimos a Ibarra, una ciudad de 150 mil habitantes, más al norte, donde hacen un helado en paila muy rico. Yo me comí un cono con los sabores de maracuyá y tamarindo.

Luego, pasamos al lago Yaguarcocha… nos quedamos un rato retozando en la orilla, y escuchando buena música desde el celular de Fabricio.
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Ya de vuelta conocí Cayambe, otro pueblo de los alrededores, famoso por sus biscochos y por el queso de hoja. Notable. Además, aquí son conocidas las plantaciones de flores o florícolas. Luego, a casa, para encontrarnos con Alex que estaba cuidando al Mati y a Juanpi. Tomamos once y nos fuimos Alex, Fabo y yo a la casa de Felipe Flores, un antiguo y buen amigo de Fabo. Afuera de su casa pudimos conectarnos a Internet, y cuando Felipe llegó, entramos. Excelente música, aguardiente de 25 grados al seco (Néctar colombiano), comida china, vodka tónica, fumarolas y muy buenas vibras. Hasta la una.