Yo no sé si la gente suele tener tan claro qué parte de su personalidad le debe a sus seres queridos, pero yo, desde hace mucho tiempo, sé qué es lo que a mi abuelo, LUIS BENEDICTO SANTANA MAYORGA, nacido el 21 de abril de 1920 en la isla de Quenac, Chiloé, le debo. Aparte de haber engendrado a mi madre, la fuerte Tita, me dio claridad mental. Lógica. Coherencia. Principios.
Él fue militar hasta 1972, un año antes de que los milicos tomaran el poder. Afortunadamente, porque, si no, lo matan. Mi abuelo no era cualquier milico. Era un hermano de 7 hombres que, después de cumplir su servicio militar, tenía que encontrar pega. La temporada de la esquila, en la que él solía trabajar, ya había empezado, así que no quedó otra opción más que el Ejército que, por lo demás, era un Ejército ubicado en su función para aquella época. Él siempre se jactó de sus buenas notas. Decía que los oficiales debieran serlo por capacidad, y no por plata, porque la mayoría de los que conoció eran brutos con billete. Que si de él dependiera, habría habido una sola escuela, donde sólo los mejores llegaran a oficial. ¿Se imaginan? Que, además, la mayoría de los oficiales que conoció, salvo experiencias que él también relataba, robaban. Todo lo que se pudieran llevar y que era costeado por el Estado. Él estaba a cargo del inventario. Sabía lo que decía.
Repetía y repetía estas historias. Una y otra vez. Como La Perseguidora que le quitaron en dictadura a la tropa, de la que él salió el ´72 como suboficial mayor. Como las tres veces en que tuvo que ir a buscar contingente de conscriptos a Chiloé, solo, sin que el Ejército le diera un peso para hacer los trámites. Como su tercer lugar en el cuadro de honor de algún año en la escuela de Suboficiales.
Y repetía tanto que, a veces, uno se cansaba un poco. Ya se sabe que los viejos olvidan con facilidad. Pero más los jóvenes. Y sobre todo yo. Y ahora pienso que, tal vez por eso, por esos misterios de la vida, es que él me repetía tanto sus historias. Porque nadie de los que lo rodearon durante su muerte, ayer 17 de febrero de 2007, a las 15 horas, en el Hospital de las Fuerzas Armadas de Punta Arenas, entendió nunca como yo lo que él tanto decía. Ninguno de ellos se siente tan orgulloso de su historia; de que haya estado en la lista roja en dictadura, anotado por sus propios ex compañeros, cuando los sapos en este país tenían trabajo. Ninguno está tan convencido de que Manuel Rodríguez es el verdadero padre de la patria y no Bernardo el dictador. A nadie más que a mí le preguntaba la opinión como periodista frente a los artículos que leía con tanto gusto en los miles de diarios que pasaron por sus manos mientras vivió. Sólo yo le decía que lo quería hasta el sótano, queriéndolo hasta el fin del mundo. Y no hay nadie más que esté escribiendo esto ahora, en tu memoria, papi, para reivindicarte, para decirle a todo el que le guste leer - como a ti - que me enorgulleces. Que a ti te debo la lógica, la coherencia, el espíritu crítico, la claridad mental del que, como Neruda, dice "creo que los que hicieron tantas cosas, deben ser dueños de todas las cosas. Y los que hacen el pan, deben comer"...
Creo en lo que tu creíste, papi: en la familia unida, por sobre todo, y en una patria justa, e informada.
Te amo.

Al mediodía, ya estábamos en Ocú. Lindo pueblo, o sea, lindo para carnavales, porque la gracia la tiene la fiesta. Y en su gente, toda amable y buenaza para carretear todo el día y parte de la noche. Y en algunas de sus casas. En la que yo estoy, es bella. Onda colonial. Patio interior lleno de hamacas en las que, obvio, ya me mandé una siesta de hora y media, y flores, y plantas, y coolers con hielo y bebidas y ron y seco y vodka y whisky y de todo...
En esa casa nos esperaba Anabella (realmente linda), mamá de Rosa María, con unas gorras y unos vasos con tapa, de esos térmicos, en el que uno todo el día echa y echa alcohol. Salimos... "les presento a mi amiga chilena, Paula". "Mucho gusto, Paula. Miraaa, veeee, ven a conocer a la chilena". "¿Chilena, de qué ciudad?". Y así. Yo acá soy "la chilena", salvo por otro chileno que también vino, pero que todavía no veo, y que es nada menos que el senador Alejandro Navarro, que ya había venido a Ocú para carnavales en 2003, y que le gustó tanto, que volvió.
Luego te recuperas un poco, y a las 9 de la noche, estás yendo a la posada, una residencial que tiene un patio interior descubierto, donde se hacen fiestas todas las noches. Así es en Ocú. La otra particularidad de este pueblo es que, a diferencia de los otros lugares de Panamá, donde toda la comunidad se divide en calle arriba y calle abajo, aquí hay, además, calle centro. Y me pareció raro, pero nunca se juntan estos grupos. Ahora, ¿qué diferencia hay entre esas otras calles y la del centro? Primero, que a mí me tocó calle centro. Segundo, que arriba y abajo se hacen carros alegóricos y salen a partir de las 4 de la tarde, a recorrer todas y sólo las calles, sea arriba, abajo o al centro.
Tercero, que el carnaval de calle centro está compuesto por 4 familias grandes, fundadoras del pueblo de Ocú (los Marín, los Carrizo, los Núñez y los Castillero, estos últimos, familia de Rosa María) y sus amigos (¡gracias!). Cuarto, que estas familias, en vez de gastar la plata en carros alegóricos, la invierten en pura celebración. Entonces, toda la gente va tras una orquesta que toca y toca, bailando, y paran en una casa donde tocan un poco más, y luego dan paso a los tambores, que hacen bailar y cantar a toda la gente. 


Y la dueña de casa reparte comida típica y chichita (jugo de frutas con Seco, el licor panameño del que hablaba). Entonces, así se financia un buen carrete. Y quinto, que el recorrido incluye muchas casas, y uno entra, en la mayoría, sólo hasta el patio, pero en algunas hasta adentro, y luego de un rato bailando, y cantando y tomando anís y chichita y ron, y dejándose mojar por los hombres que mojan a las mujeres y por las mujeres que mojan a los hombres y por el camión cisterna, se abandona esa casa, con la mojadera detrás, y se sigue por la calle hasta llegar a otra víctima.


