martes, febrero 27, 2007

26 de febrero

Me estoy quedando en el apartamento de los suegros de Fabricio, que está justo en frente del de ellos, en el mismo edificio de 4 pisos ubicado en calle Agustín Mentoso. Los papás de la Paola viven en Ambato, y lo ocupan sólo cuando vienen a la capital, así que todito para mí. Tiene una vista muy bonita desde la terraza, y aún mejor desde el techo. Alojo en el primer piso, pintado de amarillo. A las 9 de la mañana sonó el timbre. Era Fabricio en pijama que me venía a despertar. Tras la ducha con agua caliente (punto importante después de contar sólo con agua fría en la calurosa Panamá), conocí a María, la asesora de la casa, y tomé desayuno: huevo frito con pan de molde y leche chocolatada. Exquisito. Una vez que llegó Paola, nos fuimos a buscar a Alex y, luego, en dirección al centro histórico. Quito es una ciudad ubicada a lo largo de un valle rodeado por hermosas, boscosas y habitadas montañas. Tiene 2 de los 14 millones de habitantes de todo Ecuador, y un tránsito un poco más ordenado que el de Panamá (no sé si lo mencioné antes, pero Panamá tiene 1 millón de habitantes, de los más de 3 que posee todo el país).
El centro histórico es la ciudad fundada en 1534 por Benalcázar, y es precioso.
Llegando a la plaza de la Independencia, donde está ubicado el palacio presidencial, nos encontramos con un cambio de guardia.














El sector que recorrimos es conocido como el de las 7 iglesias, debido a la igual cantidad de este tipo de construcciones que existen en el lugar, y que datan, en su mayoría, de los siglos 16 y 17. La siguiente, por ejemplo, es la de La Compañía. Luego, visitamos la Iglesia de San Francisco, más oscura que la anterior y con mucha madera, arabesco dorado y cuadros religiosos y antiguos. Maravillas. En esta foto aparece de fondo. Delante, estoy con Fabricio y Paola. Pero la más impresionante de todas las iglesias que visitamos es la Basílica del Sagrado Corazón.
Su altura es de 100 metros, todos los cuales subimos a punta de escalera. Primero, promesa de endurecer piernas, pero después tembleques porque cada vez eran más empinadas.
Con Fabricio en el primer descanso.
En la otra foto, detrás de mí, el cerro Panecillo.
Pero éste fue un día de alturas y “cagues de miedo”, porque después de almorzar una rica sopa y un plato de fondo preparados por la señora María en casa de los chicos, y de visitar a la familia de Fabo (conocí a todos sus hermanos menos una que está en Inglaterra, y a su mamá), nos fuimos al teleférico. Ya eran cerca de las 7 de la tarde cuando pagamos nuestra entrada, y subimos y subimos y subimos escaleras, hasta llegar a nuestro carro. A bordo de él, figuramos Fabo, yo, Paola, Matías y Alex.
Estar colgado de un cable, de noche, a 4 mil metros de altura, da miedo. Pero la vista desde arriba es alucinante. Lástima que la cámara no la puede reflejar en su real dimensión, pero lo intenta.
Y así terminé el día. A 4 mil metros sobre el nivel del mar, gracias a que estoy en una ciudad que ya lo supera por 2.800. Nunca más le digo cerros a estas elevaciones de tierra. La palabra no refleja la realidad. Son MONTAÑAS.

25 de febrero

Después de hablar por teléfono a las 9 de la mañana con Paola y Fabricio en Quito, me quedé levantada. Un buen desayuno de papaya con melón y, luego de ver tele, el almuerzo en Athen’s. Pedí Pizza Kritiko’s o cretense, compuesta por alcachofas, hongos, aceitunas griegas y queso feta. 4 dólares. Y su respectiva “michelada”. Luego nos fuimos al mall Plaza Pacific. El tiempo pasó volando. Bella ropa, sobre todo en Zara. Después, volvimos al departamento de Rosita, y tras otra michelada, Alexis nos pasó a buscar para irnos al aeropuerto de Tocumen. Nótese la gorra de Alexis (TVN Chile). Adiós Panamá. El vuelo partió a las 8 de la noche. A las 10 ya estaba en Quito, pero recién cerca de las 11 pude ver a Fabricio, por el taco en policía internacional y una pequeña protesta que protagonizamos los pasajeros cuando vimos a unos gringos ponerse delante de todos. A punta de argumentos los obligamos a hacer la cola. Eran diplomáticos.
Fabricio está igual. Iba acompañado por su primo Alex. Llegamos a la casa y Matías, de 6 años, ya dormía. Estaban despiertos Paola, su mujer, y Juan Pablo, su retoño de 3 años y medio.




Entregué parte de los regalos (muy bienvenido el del Juanpi) y me fui a acostar.

24 de febrero

Levantada a las 12 y media del día. Desayuno y disquerías. Luego, almuerzo en el Sushi Express (esto se ha vuelto fanatismo), y después, casco viejo de Panamá, es decir, el segundo sitio donde estuvo la ciudad, después de que en el siglo 16 el pirata Morgan quemara el primer asentamiento. Ese lugar es el más bello de Panamá city. Allí me encontré con indias de la raza cuna, a quienes les compré algunas artesanías. También conocí el palacio presidencial de Las Garzas, denominado así porque en su interior habitan estas aves.
Hablamos de una zona declarada Patrimonio de la Humanidad, y que ahora restauran junto con invertir en negocios turísticos. Pasando por fuera de un restaurante, conocí esta flor, llamada anturio. En la noche, volvimos al Coast Way para cenar con Alexis, y el hermano de Rosa María, José Javier, y su esposa Cristian. La tenida debía ser elegante. El lugar escogido fue la terraza del café Barko. Mi orden fue, primero, anillos de calamares a la plancha con salsa tártara. De fondo, langostino panameño abrazado en filete de corvina estilo tempura en salsa de tamarindo (delicioso) y medallones de filete marinado con arroz con coco y guandú. Muy rico, y todo por 20 dólares. El bebestible, aparte de agua con hielo, un Casillero del Diablo cabernet.
A hacer la maleta y a la cama.

23 de febrero

Me levanté a las 8 y media y acompañé a Rosa María a dejar su Hyundai Tucson para la revisión de los 1.000 kilómetros a los 1.350, y Alexis nos prestó “su carro”. Luego, fuimos a conocer a la abuelita materna de Rosita, que es una mujer muy delicada y plena de vida. El destino siguiente estaba en las esclusas de Miraflores del Canal de Panamá, un sitio interesantísimo desde muchos puntos de vista. De partida, aprecié la vía acuática desde el mirador del cuarto piso. Luego, acudí a la sala de proyecciones en español, donde mostraron un documental de 12 minutos acerca del canal. Allí me enteré de que el conducto que nos quitó el florecimiento portuario a los magallánicos décadas después de su inauguración en 1914, funciona a través de tres tinas que se van vaciando, paulatinamente, para llenar el canal en la parte de la esclusa, donde se posa el barco que viene desde el Atlántico y que viajaba en un nivel más bajo. Una vez que alcanzan la altura requerida, abren las compuertas para que la embarcación pueda seguir su curso hacia el Pacífico. Hablamos de 80 kilómetros que se cruzan pagando un peaje muy inferior a lo que debería gastar una empresa para hacer el viaje a través del Estrecho de Magallanes. Hace algún tiempo, Panamá aprobó la ley que autoriza la continuación de esta obra. Ahora van a abrir una vía paralela, por la cual podrán pasar barcos el doble de grandes. ¿Saben cómo están diseñando ya embarcaciones de ese tamaño y sacando los cálculos respectivos? O ¿cuántas nuevas retroexcavadoras deberá construir Caterpillar? Panamá será dueña de un boom económico, sumado a la inmigración de muchos extranjeros para quedarse como residentes, que durará aproximadamente 15 años. Vale la pena invertir en acciones.
En el museo, pude ver algunos insectos maravillosos propios del caribe. Estas mariposas son una muestra.


Luego, fuimos al Coast Way, un relleno que hicieron los gringos para unir la ciudad con unas islas cercanas, y que se transformó en una avenida con palmeras, bancos y faroles. La vista de Panamá era la siguiente.
Después de conocer el piso de una tía de Rosa María, desde donde se aprecia toda la ciudad, fuimos al Friday’s. Mi intención de comer las exquisitas Baby Back Ribbs no pudo concretarse. En su defecto, Buffalo Wings, patitas y alitas de pollo picantes, y una cerveza Soberana que pedí “bien helada” y me llevaron con hielo, jugo de limón y sal en todo el borde del vaso. El garzón había entendido “michelada”, que es como la toman en México, y agradecí la equivocación. Deliciosa.
Luego, el bailongo en la discotheque People.
Después de un karaoke donde me dedicaron la canción del panameño Rubén Blades “Paula C”, pum pa’ la casa.

22 de febrero

Nos levantamos a las 7 y media de la mañana para salir con maleta incluida a las 8 hacia un resort llamado Barceló, que se ubica en el sector de Playa Blanca. En el trayecto se podían ver los campos de caña de azúcar y la máquina que las cosecha, una vez efectuada la zafra o la quema de las ramas. Pagamos 50 dólares todo incluido y tomamos un desayuno buffet, es decir, come lo que quieras. Después, Internet, y luego, piscina. El día entero tomé piña colada, tequila margarita y almond rocks a destajo, y no me curé.














A eso de las 5 y cuarto de la tarde, y luego de haber dormido una siesta en la playa, nos despedimos de los papás de Rosa María que fueron al mismo resort y enfilamos hacia ciudad de Panamá. Pasamos a tomarnos otra chicha de tamarindo, al igual que cuando íbamos a Ocú, y después de lavar ropa, se acabó el día.

Empollerada

En esta parte, hago una pausa para contar parte de lo que sucedió el 18 de febrero en casa de las Tribaldos de Ocú. Porque vale la pena recordarlo, y es que Paula María, hija del matrimonio formado la panameña Analeyda y del peruano Manuel (dueños de casa donde alojamos) se empolleró. Se trata de un rito bastante especial, que se remonta a épocas de colonia en Panamá, y que consiste en vestir a la mujer con el traje típico. Pero este vestuario no es cualquiera; requiere, en algunos casos, de 2 años para estar listo. Normalmente, se encarga la confección en Las Tablas, un poblado cercano a Ocú, donde están las mejores mujeres fabricantes. Todo el bordado y la costura son hechos a mano.
Paula María iba a acompañar a la princesa de ese día con su atuendo. A las 4 de la tarde empezó con el maquillaje y el peinado y, una vez lista, se colocó la blusa y se cambió de habitación, donde todas las mujeres que quisieran involucrarse llegaron a participar; yo como fotógrafa y preguntona. El primer paso es colocar las peinetas, decoradas, completamente, con oro.
Luego, siguen con los collares. Escapularios y colgajos de oro macizo, que van en un orden preestablecido por su significado.
Después, se sigue con los tembleques, es decir, con perlas y una suerte de estambres de oro que tiemblan cuando la empollerada camina; a eso se debe el nombre.

Y, finalmente, se coloca la pollera.

El día se prestó para este tipo de arreglos. Hasta los niños fueron ataviados con trajes típicos.




domingo, febrero 25, 2007

21 de febrero de 2007

Desayunamos y salimos a conocer la provincia de Los Santos. Almorzamos en el restaurante El Ciruelo, ubicado en plena carretera. Comí torrejitas de máíz, lechona y un sancocho o suerte de cazuela de gallina... sus amigas corrían alrededor.

Luego fuimos a conocer pueblos. Por un leve error en el recorrido, llegamos a este lindo puerto llamado Mensabé que, en realidad, es una caleta de pescadores, en una bahía que forma el Pacífico.
Retomamos la ruta y llegamos al Rincón del Faro, un centro que componen una piscina y un restaurante con vista al mar, que atravesamos para bajar a la playa de Uverito. Una vez allí, disfruté del agua tibia, tan distinta a lo helado del océano a la altura de Chile, y conocí a los tijeretas, unos pájaros negros cuya cola parece una tijera abierta, que tienen un pico largo para entrar al agua en picada a comer pescados. Tras unos 40 minutos, retomamos la ruta para conocer el pueblo de Los Santos, y después tomar agua de pipa, o de coco inmaduro. El líquido es muy poco dulce; deja una sensación a cebada. Una vez concluido, se parte y se come la carne interior… suavecita, rica. Volvimos a Chitré y los papás de Rosa María y su hermano José Antonio ya habían llegado a la casa. Todos nos fuimos a cenar otra vez a El Cielo, donde pedí un ceviche de camarones y cerdo con patacones y yuca frita. Mi estómago ha sido un buen aliado en esta travesía. La conversación derivó hacia la política, y en opinar si los países merecen las dictaduras que han tenido.


















martes, febrero 20, 2007

20 de febrero de 2007

Aquí se duerme con los tambores sonando, los parlantes con merengue, los cuetes y fuegos artificiales hasta la madrugada, y el aire acondicionado a todo lo que da. De hecho, ya me he despertado varias veces en las noches de puro frío. Y quienes saben lo que cuesta despertarme, pueden imaginar.

También está Kuki, la perra de los Castillero. Esta madrugada se acostó encima de mi manta, casi haciendo cucharita. Ésa es otra novedad para mí, porque nunca había dormido con una perra. Ja.

Paso mojada todo el día. Si no me pilla el camión cisterna, algún gracioso de cualquier edad me moja. Afortunadamente, la cama todavía es sagrada, pero el resto les importa una vaina, y donde estés, cagaste. Eso hace soportar un poco más el calor. Creo que cuando termine este carnaval, voy a extrañar "la mojadera".
Hoy me levanté más tarde. Tipo 10. El desayuno estuvo exquisito. Ahora debo pasar a buscar a la mamá de Rosa María para irnos a carnavalear.
Como me demoré un poco, me fui sola, y me costó encontrar la casa en la que estaban celebrando. Una vez allí, me mojó el camión cisterna. Aplaudí un resto en el tambor, y luego me fui a la casa de vuelta, para preparar la maleta. Almorzamos y nos fuimos en auto con Rosita y Alexis a Chitré , el pueblo donde nació Rosa María.

La casa de los papás, bella, con hamaca, para variar. Allí dormí una siesta y luego nos fuimos a cenar al Cielo, un restorán de comida marina que queda en un terminal de colectivos, y desde donde se ve todo el pueblo. Comí un cebiche con pulpos, calamares, camarones, etc., me tomé una chela panameña llamada Soberana, y luego me llevaron el plato de fondo: un pescado entero, hasta con cabeza incluida, dentro del plato y frito, con patacones fritos (plátanos fritos, pero unos verdes especiales que no hay en Chile), untados en una salsa de ají chombo, que es panameño. Me gustó tanto el picante que ya compré 6 botellas para llevar a Punta Arenas. Al grupo se sumó Villita, Virgilia Saavedra, otra panameña que conocí en Santiago, mientras ella estudiaba fonoaudiología en Buenos Aires. Simpatiquísima. De vuelta a la casa, a dormir.



lunes, febrero 19, 2007

19 de febrero de 2007... otra muerte

Falleció mi tía Julia Viano Santos, a las 12:45 de hoy lunes 19 de febrero, en su casa de Kuzma Slavic, en Punta Arenas. Un cáncer al pulmón. Agonizó varios días. Fumaba demasiado. Era socialista. Me llevaba a los bares de sus amigas cuando yo era chica. Yo la enorgullecía porque no me importaba quién me escuchara o viera, yo cantaba y bailaba igual, sin importar el auditorio. A la misma edad, yo la admiraba mucho; quería ser como ella cuando grande. Me encantaban sus faldas largas y floreadas, sus pulseras, sus anillos, su pelo ondulado. De pequeña le decían la Juana Fideo en Puerto Natales, por lo flaca y brava; de miedo para pelear. Siempre fue así. Ya había derrotado, sola, dos cánceres. Pero éste ya fue demasiado. Estaba cansada. Y las dos siempre nos decíamos que nos queríamos. Yo la quiero mucho, y todavía la admiro por su fuerza. Bruta, según algunos. Yo creo que, simplemente, honesta. Y me duele su partida.

domingo, febrero 18, 2007

MURIÓ MI ABUELO

Yo no sé si la gente suele tener tan claro qué parte de su personalidad le debe a sus seres queridos, pero yo, desde hace mucho tiempo, sé qué es lo que a mi abuelo, LUIS BENEDICTO SANTANA MAYORGA, nacido el 21 de abril de 1920 en la isla de Quenac, Chiloé, le debo. Aparte de haber engendrado a mi madre, la fuerte Tita, me dio claridad mental. Lógica. Coherencia. Principios.
Él fue militar hasta 1972, un año antes de que los milicos tomaran el poder. Afortunadamente, porque, si no, lo matan. Mi abuelo no era cualquier milico. Era un hermano de 7 hombres que, después de cumplir su servicio militar, tenía que encontrar pega. La temporada de la esquila, en la que él solía trabajar, ya había empezado, así que no quedó otra opción más que el Ejército que, por lo demás, era un Ejército ubicado en su función para aquella época. Él siempre se jactó de sus buenas notas. Decía que los oficiales debieran serlo por capacidad, y no por plata, porque la mayoría de los que conoció eran brutos con billete. Que si de él dependiera, habría habido una sola escuela, donde sólo los mejores llegaran a oficial. ¿Se imaginan? Que, además, la mayoría de los oficiales que conoció, salvo experiencias que él también relataba, robaban. Todo lo que se pudieran llevar y que era costeado por el Estado. Él estaba a cargo del inventario. Sabía lo que decía.
Repetía y repetía estas historias. Una y otra vez. Como La Perseguidora que le quitaron en dictadura a la tropa, de la que él salió el ´72 como suboficial mayor. Como las tres veces en que tuvo que ir a buscar contingente de conscriptos a Chiloé, solo, sin que el Ejército le diera un peso para hacer los trámites. Como su tercer lugar en el cuadro de honor de algún año en la escuela de Suboficiales.
Y repetía tanto que, a veces, uno se cansaba un poco. Ya se sabe que los viejos olvidan con facilidad. Pero más los jóvenes. Y sobre todo yo. Y ahora pienso que, tal vez por eso, por esos misterios de la vida, es que él me repetía tanto sus historias. Porque nadie de los que lo rodearon durante su muerte, ayer 17 de febrero de 2007, a las 15 horas, en el Hospital de las Fuerzas Armadas de Punta Arenas, entendió nunca como yo lo que él tanto decía. Ninguno de ellos se siente tan orgulloso de su historia; de que haya estado en la lista roja en dictadura, anotado por sus propios ex compañeros, cuando los sapos en este país tenían trabajo. Ninguno está tan convencido de que Manuel Rodríguez es el verdadero padre de la patria y no Bernardo el dictador. A nadie más que a mí le preguntaba la opinión como periodista frente a los artículos que leía con tanto gusto en los miles de diarios que pasaron por sus manos mientras vivió. Sólo yo le decía que lo quería hasta el sótano, queriéndolo hasta el fin del mundo. Y no hay nadie más que esté escribiendo esto ahora, en tu memoria, papi, para reivindicarte, para decirle a todo el que le guste leer - como a ti - que me enorgulleces. Que a ti te debo la lógica, la coherencia, el espíritu crítico, la claridad mental del que, como Neruda, dice "creo que los que hicieron tantas cosas, deben ser dueños de todas las cosas. Y los que hacen el pan, deben comer"...
Creo en lo que tu creíste, papi: en la familia unida, por sobre todo, y en una patria justa, e informada.
Te amo.

17 de febrero de 2007

Insólito: yo, levantada a las 6 de la mañana. Rosa María es el mejor despertador que conozco. Tuve que fotografiar el momento.

A las 6 y media, ya íbamos camino al depto de Alexis, para irnos luego a Ocú, un pueblo que está a 3 horas de la capital de Panamá, y donde se celebran los carnavales del modo más tradicional en todo el país. La foto que sigue la sacó Alexis camino a Ocú, en la carretera, cuando pasamos a un puesto a tomar un refresco, y yo pedí una chichita de Tamarindo, exquisita... "pulpa de tamarindo, eh eh eh, pulpa de tamarindo...".
Al mediodía, ya estábamos en Ocú. Lindo pueblo, o sea, lindo para carnavales, porque la gracia la tiene la fiesta. Y en su gente, toda amable y buenaza para carretear todo el día y parte de la noche. Y en algunas de sus casas. En la que yo estoy, es bella. Onda colonial. Patio interior lleno de hamacas en las que, obvio, ya me mandé una siesta de hora y media, y flores, y plantas, y coolers con hielo y bebidas y ron y seco y vodka y whisky y de todo...
En esa casa nos esperaba Anabella (realmente linda), mamá de Rosa María, con unas gorras y unos vasos con tapa, de esos térmicos, en el que uno todo el día echa y echa alcohol. Salimos... "les presento a mi amiga chilena, Paula". "Mucho gusto, Paula. Miraaa, veeee, ven a conocer a la chilena". "¿Chilena, de qué ciudad?". Y así. Yo acá soy "la chilena", salvo por otro chileno que también vino, pero que todavía no veo, y que es nada menos que el senador Alejandro Navarro, que ya había venido a Ocú para carnavales en 2003, y que le gustó tanto, que volvió.

Aparte de contarles que me compré una pulsera por 15 dólares, con la cual puedo sacar copete de un carrito habilitado, especialmente, para ello, cada vez que yo quiera, durante estos 4 días de carnaval, y de agregar que, obviamente, me lo tomé todo, hasta que ya no quise más porque me podía curar, debo explicarles ¡¡¡ qué son los carnavales !!! En varios países de Centro América y Sudamérica, se hacen carnavales la segunda semana de febrero. Son cuatro días en que nadie que no esté ligado al comercio relacionado al evento, trabaja (por eso la sorpresa de encontrar este local de internet abierto). Se trata de tomar y bailar y mojar a la gente desde las 8 de la mañana hasta las 4 de la tarde.
Luego te recuperas un poco, y a las 9 de la noche, estás yendo a la posada, una residencial que tiene un patio interior descubierto, donde se hacen fiestas todas las noches. Así es en Ocú. La otra particularidad de este pueblo es que, a diferencia de los otros lugares de Panamá, donde toda la comunidad se divide en calle arriba y calle abajo, aquí hay, además, calle centro. Y me pareció raro, pero nunca se juntan estos grupos. Ahora, ¿qué diferencia hay entre esas otras calles y la del centro? Primero, que a mí me tocó calle centro. Segundo, que arriba y abajo se hacen carros alegóricos y salen a partir de las 4 de la tarde, a recorrer todas y sólo las calles, sea arriba, abajo o al centro.
Tercero, que el carnaval de calle centro está compuesto por 4 familias grandes, fundadoras del pueblo de Ocú (los Marín, los Carrizo, los Núñez y los Castillero, estos últimos, familia de Rosa María) y sus amigos (¡gracias!). Cuarto, que estas familias, en vez de gastar la plata en carros alegóricos, la invierten en pura celebración. Entonces, toda la gente va tras una orquesta que toca y toca, bailando, y paran en una casa donde tocan un poco más, y luego dan paso a los tambores, que hacen bailar y cantar a toda la gente.













Mientras las mujeres hacemos una ronda que comienza y termina en el grupo de tamborileros, van saliendo de a una y en orden, y los hombres, de modo desordenado, se meten a bailar con ellas. Otra joven pasa con una botella de anís, repartiendo una tapita a todas las que esperan bailar, para aclararles la garganta y así canten mejor (seguro).
Y la dueña de casa reparte comida típica y chichita (jugo de frutas con Seco, el licor panameño del que hablaba). Entonces, así se financia un buen carrete. Y quinto, que el recorrido incluye muchas casas, y uno entra, en la mayoría, sólo hasta el patio, pero en algunas hasta adentro, y luego de un rato bailando, y cantando y tomando anís y chichita y ron, y dejándose mojar por los hombres que mojan a las mujeres y por las mujeres que mojan a los hombres y por el camión cisterna, se abandona esa casa, con la mojadera detrás, y se sigue por la calle hasta llegar a otra víctima.

A eso de las 5 de la tarde, yo ya estaba durmiendo en una hamaca. A las 8, había revuelo en el pueblo: por primera vez moría alguien para carnavales. Una doctora panameña de 26 años que iba medio ebria en los hombros de un amigo, subiendo las escaleras de la Iglesia. Un mal paso del compañero hizo que se cayera hacia atrás, justo cuando pasaba el camión cisterna. Las cuatro ruedas le pasaron encima. Se llamaba Graciela.

A las 10 de la noche, ya duchada y cenada, partí a la posada con Rosa María, su hermano José Antonio y Alexis. Ya no quería tomar. Pura soda, como le dicen acá a la bebida, y a las 12, yo dormía, ignorante del dolor que se vivía en mi casa.

Nos sacaron una foto para una página web. http://panama.us1.2night.com/home.asp?Canal=Eventos&AlbumID=71748&FotoID=069 Está en la página que tiene las fotos entre la 55 y la 72. Aparecemos en la 69... uf.