Me estoy quedando en el apartamento de los suegros de Fabricio, que está justo en frente del de ellos, en el mismo edificio de 4 pisos ubicado en calle Agustín Mentoso. Los papás de la Paola viven en Ambato, y lo ocupan sólo cuando vienen a la capital, así que todito para mí. Tiene una vista muy bonita desde la terraza, y aún mejor desde el techo. Alojo en el primer piso, pintado de amarillo.
A las 9 de la mañana sonó el timbre. Era Fabricio en pijama que me venía a despertar. Tras la ducha con agua caliente (punto importante después de contar sólo con agua fría en la calurosa Panamá), conocí a María, la asesora de la casa, y tomé desayuno: huevo frito con pan de molde y leche chocolatada. Exquisito. Una vez que llegó Paola, nos fuimos a buscar a Alex y, luego, en dirección al centro histórico.
Quito es una ciudad ubicada a lo largo de un valle rodeado por hermosas, boscosas y habitadas montañas. Tiene 2 de los 14 millones de habitantes de todo Ecuador, y un tránsito un poco más ordenado que el de Panamá (no sé si lo mencioné antes, pero Panamá tiene 1 millón de habitantes, de los más de 3 que posee todo el país).
El centro histórico es la ciudad fundada en 1534 por Benalcázar, y es precioso.
Llegando a la plaza de la Independencia, donde está ubicado el palacio presidencial, nos encontramos con un cambio de guardia.
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El sector que recorrimos es conocido como el de las 7 iglesias, debido a la igual cantidad de este tipo de construcciones que existen en el lugar, y que datan, en su mayoría, de los siglos 16 y 17. La siguiente, por ejemplo, es la de La Compañía.
Luego, visitamos la Iglesia de San Francisco, más oscura que la anterior y con mucha madera, arabesco dorado y cuadros religiosos y antiguos. Maravillas. En esta foto aparece de fondo. Delante, estoy con Fabricio y Paola.
Pero la más impresionante de todas las iglesias que visitamos es la Basílica del Sagrado Corazón..JPG)
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Su altura es de 100 metros, todos los cuales subimos a punta de escalera. Primero, promesa de endurecer piernas, pero después tembleques porque cada vez eran más empinadas.
Con Fabricio en el primer descanso.
En la otra foto, detrás de mí, el cerro Panecillo.
Pero éste fue un día de alturas y “cagues de miedo”, porque después de almorzar una rica sopa y un plato de fondo preparados por la señora María en casa de los chicos, y de visitar a la familia de Fabo (conocí a todos sus hermanos menos una que está en Inglaterra, y a su mamá), nos fuimos al teleférico. Ya eran cerca de las 7 de la tarde cuando pagamos nuestra entrada, y subimos y subimos y subimos escaleras, hasta llegar a nuestro carro. A bordo de él, figuramos Fabo, yo, Paola, Matías y Alex. 
Estar colgado de un cable, de noche, a 4 mil metros de altura, da miedo. Pero la vista desde arriba es alucinante. Lástima que la cámara no la puede reflejar en su real dimensión, pero lo intenta.
Y así terminé el día. A 4 mil metros sobre el nivel del mar, gracias a que estoy en una ciudad que ya lo supera por 2.800. Nunca más le digo cerros a estas elevaciones de tierra. La palabra no refleja la realidad. Son MONTAÑAS..JPG)
El centro histórico es la ciudad fundada en 1534 por Benalcázar, y es precioso.
Llegando a la plaza de la Independencia, donde está ubicado el palacio presidencial, nos encontramos con un cambio de guardia.
El sector que recorrimos es conocido como el de las 7 iglesias, debido a la igual cantidad de este tipo de construcciones que existen en el lugar, y que datan, en su mayoría, de los siglos 16 y 17. La siguiente, por ejemplo, es la de La Compañía.
Su altura es de 100 metros, todos los cuales subimos a punta de escalera. Primero, promesa de endurecer piernas, pero después tembleques porque cada vez eran más empinadas.
Con Fabricio en el primer descanso.
En la otra foto, detrás de mí, el cerro Panecillo.
Y así terminé el día. A 4 mil metros sobre el nivel del mar, gracias a que estoy en una ciudad que ya lo supera por 2.800. Nunca más le digo cerros a estas elevaciones de tierra. La palabra no refleja la realidad. Son MONTAÑAS.

Al mediodía, ya estábamos en Ocú. Lindo pueblo, o sea, lindo para carnavales, porque la gracia la tiene la fiesta. Y en su gente, toda amable y buenaza para carretear todo el día y parte de la noche. Y en algunas de sus casas. En la que yo estoy, es bella. Onda colonial. Patio interior lleno de hamacas en las que, obvio, ya me mandé una siesta de hora y media, y flores, y plantas, y coolers con hielo y bebidas y ron y seco y vodka y whisky y de todo...
En esa casa nos esperaba Anabella (realmente linda), mamá de Rosa María, con unas gorras y unos vasos con tapa, de esos térmicos, en el que uno todo el día echa y echa alcohol. Salimos... "les presento a mi amiga chilena, Paula". "Mucho gusto, Paula. Miraaa, veeee, ven a conocer a la chilena". "¿Chilena, de qué ciudad?". Y así. Yo acá soy "la chilena", salvo por otro chileno que también vino, pero que todavía no veo, y que es nada menos que el senador Alejandro Navarro, que ya había venido a Ocú para carnavales en 2003, y que le gustó tanto, que volvió.
Luego te recuperas un poco, y a las 9 de la noche, estás yendo a la posada, una residencial que tiene un patio interior descubierto, donde se hacen fiestas todas las noches. Así es en Ocú. La otra particularidad de este pueblo es que, a diferencia de los otros lugares de Panamá, donde toda la comunidad se divide en calle arriba y calle abajo, aquí hay, además, calle centro. Y me pareció raro, pero nunca se juntan estos grupos. Ahora, ¿qué diferencia hay entre esas otras calles y la del centro? Primero, que a mí me tocó calle centro. Segundo, que arriba y abajo se hacen carros alegóricos y salen a partir de las 4 de la tarde, a recorrer todas y sólo las calles, sea arriba, abajo o al centro.
Tercero, que el carnaval de calle centro está compuesto por 4 familias grandes, fundadoras del pueblo de Ocú (los Marín, los Carrizo, los Núñez y los Castillero, estos últimos, familia de Rosa María) y sus amigos (¡gracias!). Cuarto, que estas familias, en vez de gastar la plata en carros alegóricos, la invierten en pura celebración. Entonces, toda la gente va tras una orquesta que toca y toca, bailando, y paran en una casa donde tocan un poco más, y luego dan paso a los tambores, que hacen bailar y cantar a toda la gente. 


Y la dueña de casa reparte comida típica y chichita (jugo de frutas con Seco, el licor panameño del que hablaba). Entonces, así se financia un buen carrete. Y quinto, que el recorrido incluye muchas casas, y uno entra, en la mayoría, sólo hasta el patio, pero en algunas hasta adentro, y luego de un rato bailando, y cantando y tomando anís y chichita y ron, y dejándose mojar por los hombres que mojan a las mujeres y por las mujeres que mojan a los hombres y por el camión cisterna, se abandona esa casa, con la mojadera detrás, y se sigue por la calle hasta llegar a otra víctima.