Después de almorzar en un Burger King (el costo corría por nuestra cuenta, así que comprenderán), nos acercamos a la puerta donde nos teníamos que subir con la Valeska, porque nosotras nos íbamos antes a Nueva York... Y nos estaban llamando. Así que rápidamente adiós por mucho tiempo a Berthold, Luis y Paola, y nos subimos a un avión que nos llevó durante 3 horas hacia la costa noreste de Estados Unidos. Llegamos, pero no nuestras maletas. A nosotras nos pusieron en un vuelo anterior, que aterrizaba en el aeropuerto de La Guardia, pero no cambiaron las maletas, y zas. Ellas se fueron al JFK, una hora después. Fantástico. Dos horas y media pasamos en el recinto esperando que nos confirmaran si tenían allá las maletas, pero lo único que conseguimos fue una promesa de que las irían a dejar al hostal. Sure? Hubo que partir, y abordamos este transfer que se llamaba Super Shuttle, y que por 17 dólares nos llevó a Manhattan.
Maravilloso recorrido. Edificios altos, muy altos, a cada momento, hacían de cada una de las vistas una perspectiva profunda. A lo lejos, cielo y buildings, cielo y buildings, cielo y buildings. A lo cerca, numerosos vehículos. Plenty.
Tras, aproximadamente, 40 minutos, arribamos al hostal. Whitehouse Hotel, fachada idéntica a la de la foto por internet. Entramos, y llegamos a una recepción donde había una negrita de pelo colorín con cara de nada y voz de peor, que recordaba mi llamada desde el aeropuerto avisándole que podían llegar con nuestras maletas. Pero como bien se lo pueden imaginar, era un sueño encontrarlas ahí, esperando por nosotras.
Luego subimos a la habitación. Valeska pensaba llamar desde ahí al aeropuerto. Yo sólo quería dejar la mochila que estaba muy pesada. Sentíamos que era muy mala suerte que nuestras maletas se perdieran. Hacíamos el esfuerzo de que no nos echara a perder los clásicos 3 días que se proyectaban para la Gran Manzana. Era un duro trabajo lograr el "New York state of mind" de Billie Joel que Paola tanto había afamado, cuando había ipod y speakers y Jacob. Pero, al momento de abrir la puerta de la 227 del piso 2 puerta A, nuestra expresión facial cambió. Sólo atinamos a reír casi infinitamente - todavía me río - y a sacar las cámaras for ONE PICTURE que refleje dónde estábamos. Era un espacio más chico que las celdas de la cárcel de Punta Arenas. Sólo cabían dos camas de una plaza, de pared a pared, y un pasillo de 50 centímetros entre ellas. Miramos hacia el cielo raso y había palitos cruzados. Más allá, claro, el techo, pero las piezas estaban separadas por paneles. Risible. Increíble. Pensando después en las 50 lucas que le salió a cada una la gracia de alojar en el medio de Manhattan por 3 días, incluso comprensible. Pero, como fuera, había que registrarlo.

Pasado el momento, decidimos salir a dar un paseo. Eran ya las 7 y media y no era necesario que estuviéramos en el hostal para que recibieran las maletas. Así que recorrimos Littel Italy (very Little), Chinatown y SOHO. Éste último, el barrio más lindo de todos los anteriores. Y puede que esté en la lista de los sectores más lindos de Manhattan. El aire olía a perfume caro. Las personas no sufrían de obesidad, sino de una estilizada figura. Conversaban animadamente en las calles, con un cigarrillo en la mano, y en las galerías, con una copa de vino. Cada tenida tenía estilo. Aunque combinaran elementos que nunca hubieras imaginado juntos. O, sobre todo, por eso. En las vitrinas del comercio del sector, cada producto era una obra de arte. Aunque fuera un destapador de botellas o una tostadora. Qué decir de los vestidos. Nació ahí con Valeska la inquietud: hay que comprarse un vestido en Nueva York. Eso es estilo.
Nos dio hambre. Entramos a un bar restaurant que tenía la música muy fuerte para la Valeska, pero que estaba cerca del hostal, así que bien. Cuando íbamos como por el medio del local, con intenciones de llegar al fondo, un hombre alto y negro se nos atravesó y me pidió mi identificación. Y como en Estados Unidos no puedes beber antes de cumplir 21 años, me sentí halagada. Y mientras buscaba mi pasaporte le dije, sonriendo, "Muchas gracias". Listo. Bastó eso para que me tirara la del dentista, porque va y dice "No estoy diciéndole ningún piropo, señorita, sólo estoy haciendo mi trabajo"... Plop. Y rabia. Me piqué heavy. Pero vi el porte del guardia y la determinación en su mirada de "me importas nada", que me aguanté las palabras "fu... and all that" justo detrás de los dientes. Mostré el ID, lo miré con desprecio, y nos encaminamos a una mesa. Las chicken wings estaban picantes y calientes. Exquisitas. Sobraron. La noche siguiente estaban más deliciosas aún.
Llegando al hostal, Valeska se fue a dormir y yo al computador con Internet. Allí estaba uno de los habitantes del Whitehouse Jail, un italiano generoso que me ofrecio 5 minutos gratis de los que le sobraban para comunicarse con el mundo, y luego de utilizarlos, fuimos a tomarnos una cerveza en los alrededores. A la vuelta, adivinen qué... las maletas NO habían llegado.
Worried night...

Después fuimos a la casa de Jeanne, la doctora que albergó a Paola y Valeska la primera semana, a tomar vinito y ver un partido de básquetbol. Después fuimos al clásico, The Feve. 
Después fuimos al bar del hotel, y estuvimos jugando pool hasta las 2. Then, to bed.