Desayunamos y salimos a conocer la provincia de Los Santos. Almorzamos en el restaurante El Ciruelo, ubicado en plena carretera. Comí torrejitas de máíz, lechona y un sancocho o suerte de cazuela de gallina... sus amigas corrían alrededor.

Luego fuimos a conocer pueblos. Por un leve error en el recorrido, llegamos a este lindo puerto llamado Mensabé que, en realidad, es una caleta de pescadores, en una bahía que forma el Pacífico.
Retomamos la ruta y llegamos al Rincón del Faro, un centro que componen una piscina y un restaurante con vista al mar, que atravesamos para bajar a la playa de Uverito.
Una vez allí, disfruté del agua tibia, tan distinta a lo helado del océano a la altura de Chile, y conocí a los tijeretas, unos pájaros negros cuya cola parece una tijera abierta, que tienen un pico largo para entrar al agua en picada a comer pescados. Tras unos 40 minutos, retomamos la ruta para conocer el pueblo de Los Santos, y después tomar agua de pipa, o de coco inmaduro.
El líquido es muy poco dulce; deja una sensación a cebada.
Una vez concluido, se parte y se come la carne interior… suavecita, rica.
Volvimos a Chitré y los papás de Rosa María y su hermano José Antonio ya habían llegado a la casa. Todos nos fuimos a cenar otra vez a El Cielo, donde pedí un ceviche de camarones y cerdo con patacones y yuca frita. Mi estómago ha sido un buen aliado en esta travesía. La conversación derivó hacia la política, y en opinar si los países merecen las dictaduras que han tenido.