Llegó el último día. Entregamos la llave de la pieza a las 11 horas con 2o minutos, después de empacar todo y de arreglarnos. Valeska fue antes a comprar desayuno, un café con muffin de plátano, y después de guardar nuestros bolsos en una pieza especial para el equipaje, nos despedimos de Fabio, el italiano de la primera noche. En dos días había encontrado trabajo como garzón en un restaurante cercano al hostal, y como tenía que trabajar a las 13 horas, no nos pudo acompañar a nuestro siguiente destino antes de abandonar The City: el puente Brooklyn. 

Igualito que en las películas. Grande. Gigantesco. Son más de 100 años de cables, maderas y fierros entramados de tal modo que por arriba pasan las bicicletas y los caminantes, y por abajo, los automóviles. Más abajo, el río. Fotos con perspectivas, hacia arriba, hacia abajo, sentadas, paradas, las dos, una sola. Caminamos la mitad. Ida y vuelta.


Y de regreso pasamos a JR, una tienda especializada y gigante de música de todo tipo. Allí adquirí el DVD de Dream Theater para mi cuñado favorito, y me compré un concierto de Charles Mingus en el Carneggie Hall de Nueva York. Guau. Chocha. Y luego de un cafecito de moka en el Starbucks, que tiene tanta fama de tener el mejor café del mundo, tomamos en metro de vuelta al Soho, nuestro barrio.
Para variar, nos equivocamos de dirección, y encontramos una tienda que habíamos visto la primera noche de caminata. Todo lo que tenían era una obrita de arte. Ahí la Valeska adquirió platos con forma de una obra de Andy Warhol, la boca. Yo otros regalos, y cuando vimos la hora, caminamos raudas hacia... ¡¡¡ el lado equivocado !!! Cuando nos dimos cuenta, quedaban 15 minutos para que llegara el transfer por nosotras. Así que caminamos corriendo en la dirección opuesta. A la pasada, arranqué una ramita de un árbol para cumplir con la promesa hecha a mis alumnos de la ARCIS de que les llevaría hojas de Nueva York, y casi me salieron persiguiendo por antiecológica. Cuando íbamos por Bowery Avenue, vi el Super Shuttle y lo hice parar. Acababa de pasar por nosotras. Así que se devolvió y sacamos nuestras maletas. Mientras las guardaban en el bus, saqué tres alfileres del mapa del mundo que tenía el hostal en la sala de televisión, que estaban amontonados en Europa, y puse uno en Coihayque, otro en Punta Arenas y el tercero en la parte superior externa de la lámina de corcho. Era nuestra promesa para Fabio. Él la pondría en Nápoles, su ciudad natal. Foto del mapa, foto de Valeska y yo afuera del Whitehouse Hotel, y adiós bella Jail a las 2 de la tarde con 45 minutos.

El recorrido fue un poco accidentado, porque los taxistas manejan pésimo, y porque nuestro conductor no lograba encontrar las calles donde tenía que recoger a los otros pasajeros.
Cuento corto, después de recorrer todo Brooklyn, llegamos al aeropuerto John F. Kennedy. A las 4 y cuarto de la tarde. Y teníamos que estar a las 3 y media. Valeska consiguió que nos metiéramos en la fila más corta, y después pasamos por policía internacional. En los rayos X había además airecito fuerte, que levantaba el pelo y buscaba explosivos. No tenía, así que pude seguir. Con mi mochila al hombro y Valeska detrás, caminé rauda hacia la puerta 44, nuestra puerta, que para variar estaba al final. Cuando llegamos, todavía no entraban al avión. Estábamos a salvo.
Me tocó pasillo, y ventana a la Vale. Fueron 3 horas hasta Miami, y cuando salimos para que me fumara el cigarrito de rigor, casi nos morimos. Calor sofocante con humedad intensa. No logré terminar el cilindro. Obviamente, las maletas no aparecieron. Dijeron que las habían pasado, internamente, al otro avión que nos llevaría a Santiago. Había que confiar. No quedaba otra.
A las 10 y media de la noche, aproximadamente, el avión American Airlines despegó. Yo ahora en la ventana. Valeska en el pasillo. Y después de ver una película de Jennifer Aniston con Kevin Costner, me dormí.
