martes, agosto 09, 2005
MEJOR EDUCACIÓN
Entre los 10 objetivos educacionales que tiene el Estado chileno para el 2010, están:
que el 75 % de los niños pase por la educación prebásica;
que los resultados del SIMCE suban, al menos, en un 10 %, y
que disminuya en un 20 % la brecha entre los resultados de colegios municipales y los privados de la PSU y el SIMCE.
Y yo me pregunto: ¿no que la educación era una ciencia humana? ¿Dónde está la base de estos cambios? ¿dónde se pasa de la medición a la conducta?
Para que éste fuera un documento académico, debería fundamentar por qué la educación es el origen de la mayoría de las carencias sociales. Pero, como no lo es, entonces lo doy por supuesto.
Es así que pienso: ¿por qué los puntajes para acceder a las carreras de pedagogía están entre los más bajos exigidos, si por los profesores pasa toda la sociedad? La formación de cada componente comunitario está íntimamente influida por un joven de desempeño académico mediocre que no requiere de su máximo esfuerzo para ingresar a la universidad. La fama y respecto que adquiere en su entorno familiar, sin duda, es bastante menor a los que puede lograr de ser aceptado en Derecho o Arquitectura, al igual que el salario al que puede acceder una vez titulado. Asimismo, ¿es menos importante su labor?
En consecuencia, el primer cambio debiera ser elevar el rango del docente. Que no entre cualquiera a estudiar pedagogía. Que sean los más sobresalientes, con vocación identificable a través de sus ideas para mejorar la educación, aunque, de tempranas, sean inmaduras, pues demuestran interés.
Luego de ello, quienes trabajan en el sistema escolar municipal o subvencionado, saben que antes del aprendizaje de un ramo, en la mente del niño hay muchos otros problemas sin resolver, y el déficit atencional es sólo una de las somatizaciones, y de las más inocuas. Están la violencia entre compañeros, entre familiares y hasta con los profesores, la depresión, la falta de dinero para comer cereales con más nutrientes que azúcar y, hasta, la falta de amor y exigencias en su propio hogar. Un niño llega en esas condiciones, y a pesar de ellas, al colegio, y encima esperan que supere el puntaje SIMCE.
Un profesor no recibió la formación profesional necesaria para escarbar todo aquello y llegar a las ganas de aprender. Por eso me pregunto ¿no será mejor destinar los recursos extras a incorporar a la comunidad educativa a otros profesionales, en vez de aumentar las horas pedagógicas? ¿No será mejor contar con más asistentes sociales, que trabajen con las familias, más sicólogos, más sociólogos, y más educadores diferenciales (que vean la diferencia más allá de la discapacidad física)?
Tercero. Este tipo de comunidad educativa, que piensa constantemente cómo educar al niño, debe ser solidaria. Y no sólo hacia el escolar y su familia, sino entre ellos; entre pares. En vez de envidiar el éxito del colega, depender de él para ganar, algo que podría resolverse agregando al actual incentivo económico por perfeccionamiento docente, un porcentaje por compartir conocimientos a través de la generación de proyectos conjuntos, en donde el que acaba de aprender algo sea el jefe.
Y por último, ¿qué pasaría si el Ministerio de Educación pudiera protegernos de los desaguisados del libre mercado? ¿Si en un sistema económico como el que nos gobierna, este organismo se concentrara en la fiscalización, y tuviera más atribuciones para sancionar cuando un establecimiento no cumpla con los objetivos?
Creo, francamente, que de este modo podemos tener una comunidad, incluso, con menos depresión. Profesores que sienten lo importante que es su tarea, porque en la práctica se les reconoce. Equipos de trabajo acordes con las necesidades educativas de los tiempos, más complejas, sin duda, que antaño. Alumnos mejor educados, y una sociedad más protegida por sus gobiernos, democráticamente elegidos.